(Microrrelato)
El soldado miraba al niño de reojo. El sargento volvió a emitir la orden de fuego. El soldado seguía mirando al niño. El pequeño soltaba una lágrima de sus ojos aterrados. ¡Dispara carajo! Gritó el sargento. Nuevamente se cruzaron las miradas aterradas del solado de 19 años y del niño de 6. Esta vez una gota de mocos colgaba de la nariz rosada del pequeño que no dejaba de sollozar. ¿No me oyó soldado? Le ordené que disparara. Al cruzar la calle el soldado le espetó al sargento: La semana pasada fue más fácil, desde el aire no se pueden apreciar las lágrimas de los niños.


















