Diario de un Historiador
Jue 30 de Abril |
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Publicado en De Igual A Igual Cómo cambian los tiempos. Y el primero de mayo no podía ser menos. También ha cambiado su significación. Los medios masivos de (in) comunicación hablan del día del “Trabajo” para convencernos que lo que importa es la acción y la producción y no el ser humano. Las primeras reivindicaciones obreras por cambiar el modo de producción y salir de la explotación que genera el sistema capitalista, se ha transformado en reivindicaciones de desocupados por encontrar un empleo, aún dentro del propio sistema de explotación (en su sentido más amplio). En algunos países incluso, las tradicionales manifestaciones del primero de mayo se hacen el 30 de abril, no sea cosa que las (des) organizaciones sociales y de trabajadores, no puedan convocar al mínimo deseable para una manifestación. Es que al ser un fin de semana largo, como toca este año, el primero de mayo será más fiesta de viajar, que momento de lucha y reflexión dentro de un mundo obrero que ya no existe o que se encuentra en franca descomposición. Y si en épocas de conflicto sostenido el primero de mayo no regresa a sus propias fuentes, es una clara señal, que aún en su crisis terminal aparente, el capitalismo no está derrotado ni con miras a terminar su propio colapso interno. Es aquí donde los partidos “obreros” confunden la táctica y la estrategia. El primero de mayo debe volver a convocar a todos, más allá de las diferencias, en un acto unitario, donde las banderas que se levanten sean las mismas y sin mostrar “al enemigo” debilidades y contradicciones, propias de los tiempos que corren. Es el día del trabajador. Sí. Y de sus reivindicaciones históricas: trabajo para todos, pero autogestión, solidaridad de clase, y la lucha por terminar con un sistema de distribución demasiado injusto y desigual. Pero también es el día de todos y de todas. Por eso también se hace imprescindible sumar la voz de las mujeres y decir que el primero de mayo es el día de los trabajadores y las trabajadoras. Amén del 8 de marzo. Amén de ciertas reivindicaciones “feministas”. El mundo del trabajo y del des trabajo, adquiere entonces, en ésta primera década del Siglo XXI, una nueva dimensión. La lucha revolucionaria debe ser el eje de atención de un sistema que no puede ser humano y nunca la será, porque el capitalismo, en su faz más salvaje propone un modelo de exclusión, que hace del desocupado su razón de ser. Un ejército de desempleados listos y dispuestos a ocupar el sitio que dejen aquellas hormigas revoltosas que no sean capaces de bajar la cabeza. La rebelión en la granja hoy es imposible, ni siquiera en aquellos países donde un supuesto “progresismo de izquierda” asoma las narices. Se trata sin más de desafiar al propio sistema desde adentro. Para ello si es indispensable discutir la cuestión del poder. Y el primero de mayo siempre es, y siempre ha sido, una muy buena plataforma para comenzar a desandar este camino. Pero el camino es arduo y más allá de las organizaciones de izquierda, se hace imprescindible como primer y necesario paso, la ORGANIZACIÓN (y con mayúsculas) de la clase trabajadora. Otra organización. Una organización que incluya más allá de las diferencias. De lo contrario el propio sistema capitalista, aún en crisis terminal, habrá de resucitar y resurgir de entre las cenizas para avanzar hacia una radicalización de la exclusión mucho más salvaje aún. La propuesta entonces es volver al imaginario iniciático del primero de mayo. Volver a las banderas reivindicativas de un movimiento obrero al que solo le queda una vía para no quedar liquidado: la reorganización de las bases, una vuelta al primero de mayo y a las históricas consignas de transformación del mundo. Solo así tendrá sentido seguir hablando del día de los trabajadores y las trabajadoras. Recomiendo leer
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